Desde la más remota antigüedad cuando los clanes y las tribus ya se beneficiaban de la primera gran revolución tecnológica de la historia, la agricultura, llegar a viejo era motivo de orgullo para la comunidad. En la Edad de Bronce (hace 4,500 años) llegar a 33 o 35 años era una proeza. Aquellos “viejos” eran la memoria viva que les permitía a los jóvenes conocer el pasado que no habían vivido. Eran venerados como sabios y por su experiencia eran brujos, sanadores (“médicos”) y educadores.

El Derecho Romano dio a los ancianos la condición jurídica de “Pater familias”, vitalicia, con poderes casi tiránicos. En el Senado casi todos eran “mayorcitos”. En Esparta el poder estaba en manos de los ancianos.

Luego hubo épocas, sobre todo en la Edad Media, que el respeto por los viejos casi desapareció. Pero luego renació. Con la modernidad la expectativa de vida humana aumentó mucho. Los viejos siguen activos, y hay instituciones que garantizan una pensión por jubilación, que, aunque no muy generosa evita que ellos sean una carga para sus familiares.

Los ancianos en Cuba son abandonados por la “revolución

En la Cuba castrista no es así. En el único país comunista de Occidente llegar a anciano, luego de haber trabajado toda una vida, es una desgracia. Es abandonado a su suerte por la propia “revolución emancipadora”, precisamente en un país con una población cada vez más envejecida y una esperanza de vida de 79 años.

En la isla el 20% de la población total tiene más de 60 años, y el 37% supera los 50 años. Se achica el segmento poblacional que forma la fuerza de trabajo y se agiganta el de quienes están a punto de jubilarse, o ya jubilados, que además van a vivir muchos años.

Desde que Raúl Castro asumió como dictador militarizó la economía e inició el montaje de un capitalismo militar de Estado. Se empezó a desideologizar la economía y el gobierno y se comenzaron a eliminar subsidios que dejaron en el desamparo a los ancianos, jubilados o no, y que afectan a todas las personas de la llamada tercera edad.

La dictadura dice que quiere enfrentar el problema del envejecimiento poblacional, pero elimina presupuesto y recorta el número de beneficiarios de la asistencia social

Lo más incoherente aquí es que un pilar del discurso propagandístico de Fidel Castro era que el socialismo le daba a Cuba –“Territorio Libre de América” – la ventaja sobre el resto de todo el continente de contar con un sistema de seguridad social muy superior para la protección y cuidado de todos los ciudadanos, especialmente de los ancianos.

Pamplinas. Para empezar, 61 años después de tomar el poder los hermanos Castro, la pensión promedio por jubilación en la isla es de 12 dólares mensuales (288 pesos corrientes, o CUP).

Un jubilado boliviano recibe $195 dólares más que un cubano

Baste saber que, en El Salvador, un país pobre, la pensión por jubilación promedio es de $207 mensuales. Y en Bolivia, $231. Un jubilado boliviano en Orure, o Vallegrande, recibe una pensión 19 veces superior a la vigente en Cuba, país de donde salió el Che Guevara con sus guerrilleros invasores a liberar del “imperialismo” a ese país sudamericano. Y en la Argentina capitalista la jubilación promedio es de $416, es decir, 34 veces la de un jubilado en el paraíso socialista del Caribe.

El régimen esgrime que el Estado subsidia alimentos, pero nunca aclara que la “libreta” (cartilla de racionamiento creada hace ya 58 años) provee algunos alimentos a precios subsidiados que solo alcanzan, con suerte y comiendo poco, para 10 días.

Harapientos y demacrados, muchos jubilados piden limosna

¿Y los otros 20 días cómo se las arregla el anciano para comer? Pues tiene que conseguir alimentos a precios inflados en donde pueda. ¿Con qué dinero? Tiene que inventar para poder subsistir, o recibir muy buena caridad de parientes y amigos, algo que no abunda mucho en un país con una economía destrozada. En fin, el anciano cubano tiene forzosamente que salir a la calle a vender lo que puede o encuentra, incluyendo los pocos artículos personales que pueda poseer.

Por eso cada vez son más los que malviven en la más absoluta miseria. Harapientos, demacrados por el hambre, como salidos de una novela de Víctor Hugo o de Charles Dickens, venden cualquier cosa, hurgan en latones de basura, venden turnos para las colas, cuidan baños públicos o bicicletas, o simplemente piden limosna.

Ese es el triste, e indignante panorama de la ancianidad en el único país comunista de las Américas.