Jóvenes cineastas demandan al estado cubano  a dar «respuesta a demandas del gremio que son impostergables: el Registro del Creador Audiovisual, el Fondo de Fomento, la Comisión Fílmica, la legalización de las productoras independientes, y, por último, la promulgación de una Ley de Cine ante la obsolescencia de la Ley 169 de Creación del ICAIC».


Luego del debate público sobre la censura y los modos de producir audiovisual en Cuba, generado a partir de la XVII Muestra Joven ICAIC, jóvenes realizadores cubanos han hecho pública una declaración abierta a la que invitan a todo cineasta o seguidor del cine a adherirse.

Los denominados «cineastas del cardumen», entre los que se encuentran directores, productores, fotógrafos, guionistas, periodistas, actores, críticos, entre otros, defienden un cine que «se opone al de la falsa esperanza, a ese cine complaciente que no busca generar diálogos productivos con el espectador y pretende adormecerlo para que reproduzca miméticamente conductas, valores e idearios desgastados, desconectados del complejo contexto» que les ha tocado vivir.

Dicen ser «continuadores de un cine inconforme y revelador, ese que el ICAIC acogió y defendió, de amplia tradición dentro del Nuevo Cine Latinoamericano», por lo cual no aceptan «zonas de silencio en nuestra historia ni obstáculos para el conocimiento y la representación artística de esta, aun de aquellos sucesos más cuestionables».

«El dolor acallado solo genera represión, odio e hipocresía social», suscriben hasta ahora casi 90 personas, entre ellas directores y productores como Yimit Ramírez, Alejandro Ramírez Anderson, Claudia Calviño, Claudia Expósito, Luis Alejandro Yero, Hugo Alea, Siro Cuartel, Alejandro Normand, o actores como Lynn Cruz y Mario Guerra.

Argumentan estar «comprometidos» con la sociedad «de forma creativa y crítica» y sostienen que «en medio de la apatía, el individualismo y el automatismo predominantes, hacer cine es el gesto positivo» mediante el cual participan.

Para los «cineastas del cardumen«, coartarlos «es limitar esta participación y, con ella, su aporte».

«Cualquier acusación que se cierna sobre nuestras películas debe atender primero los problemas de esa realidad que les sirve de referente, que las condiciona tonal y temáticamente», afirman.

Apuestan «por un cine que permita reimaginarnos como nación de manera constante, en toda nuestra riqueza y diversidad. Un cine que se busque a sí mismo sin complejos: inclusivo, múltiple, arriesgado (…) Que tome consciencia de su poder transformador».

Lamentan cómo padecen «la inexistencia de plataformas consolidadas y eficientes» que les «permitan producir y distribuir legalmente» su trabajo como artistas.

En tal sentido, explican que sus obras «nacen por las más diversas vías: utilizando recursos propios, aportes solidarios de colegas, fondos de cooperación internacional, crowdfundings y la gestión de productoras independientes ―estas tres últimas, sometidas a una burda campaña de descrédito―».

«A ellas se suman apoyos esporádicos y parciales que proveen instituciones y empresas estatales de la cultura u otros sectores», pero lamentan que «todas estas vías juntas, sin embargo, no son suficientes».

Urgen al Estado a dar «respuesta a demandas del gremio que son impostergables: el Registro del Creador Audiovisual, el Fondo de Fomento, la Comisión Fílmica, la legalización de las productoras independientes, y, por último, la promulgación de una Ley de Cine ante la obsolescencia de la Ley 169 de Creación del ICAIC».

Contra la censura impune

Manifiestan preocupación por «el tenso ecosistema nacional en que se desarrolla actualmente la creación, y de manera particular el audiovisual».

«La arbitrariedad con que se aplica la política editorial en instituciones como el ICAIC, el ICRT y, en fecha reciente, la FAMCA, así como sus correspondientes episodios de censura, minan más aún la confianza en nuestras instituciones. Resulta alarmante, por demás, la inconsistencia intelectual de los argumentos que funcionarios y asesores suelen esgrimir para vetar o regular la visibilidad de proyectos u obras. Tales prácticas, sumadas a la difamación, en medios de prensa oficiales, de críticos y realizadores, generan un clima inapropiado para la libre creación y circulación de las ideas», sostienen.

«Nos preocupa que esta censura se ejerza impunemente. Creemos que no hay cautelas ni principios éticos que sostengan su uso continuado, ni razones de bien que equilibren su costo en términos políticos y culturales. No puede ser injusta en otros contextos y justificable aquí. Siempre es penosa, repudiable. Y es más lesiva cuando se ejerce, directa o indirectamente, contra todo un gremio», añaden.

Reclaman espacios para sus películas dentro de la programación en los cines del país y en la televisión nacional ―más allá de muestras y festivales―, espacios que consideran también les  pertenecen, «y pertenecen a los públicos que tienen derecho a apreciar nuestras propuestas y con ellas dialogar como sujetos activos».

Los cineastas demandan además una actualización del sistema nacional de enseñanza artística audiovisual, incluidos planes de estudio y fortalecer su claustro de profesores.

«Se impone construir un diálogo con las instituciones y sus representantes, así como al más alto nivel del Ministerio de Cultura y de organizaciones que deben representar a los artistas, como la UNEAC. Pero ha de ser un diálogo en condiciones de equidad a partir de una lógica no autoritaria, patriarcal, paranoide; sino horizontal, respetuosa y desprejuiciada(…) En un país como el nuestro, la política cultural no debe ser un sobrentendido ni puede imponerse como dogma», manifiestan.

Más adelante, señalan: «no somos el mañana, ni el mero presente, y mucho menos el pasado del cine cubano. Somos una combinación activa de tres tiempos, una maquinaria de múltiples voces e intenciones diversas unidas por el deseo de soñar. Soñamos con un país capaz de verse frente al espejo negro que es el cine, y que ante él logre reconocerse, amarse y odiarse, criticarse y alabarse, resistir y transformarse, todo al mismo tiempo».

En tal sentido, afirman que seguirán «potenciando iniciativas de creación y reflexión alternativas que reinventen las nociones de participación y compromiso, ejerciendo la mirada y el oído», ocupando el espacio que se han «ganado con cada plano, cada corte, cada disolvencia».

«Nuestras películas, gestadas en la Isla y más allá, seguirán hablando y resonando aunque intenten ponernos mordazas. Hablarán por ellas mismas y serán nuestras voces, las voces de muchos. Encontraremos palabras nuevas, frases nuevas, lenguajes nuevos para contarnos. Pero nunca guardaremos silencio», concluyen.

Fuente: Diario de Cuba