El nuevo “periodo especial” –en su fase inicial– que ya está golpeando a los cubanos en la isla tiene una característica nueva, dramática y única. Esta vez la crisis socioeconómica es terminal. No se atisba en el horizonte internacional ningún otro posible mecenas capaz de hacerse cargo de mantener la economía más parasitaria del mundo, absolutamente incapaz de autosustentarse.

Para rematar, Raúl Castro y sus burócratas lejos de dar pasos positivos y conceder más espacio y libertades al sector privado, lo que hacen es todo lo contrario, cada día lo asfixian más. Esta realidad de que todo va a seguir empeorando y que en el ámbito económico ya no habrá mejoría posible si no se producen cambios internos profundos, los cubanos de a pie empiezan a percibirla cada vez más claramente.

Además, hay otra cosa que no existía hace un cuarto de siglo: hoy cualquiera en la calle con un teléfono móvil puede captar todo tipo de actividad incómoda para la dictadura, y al instante es conocida hasta en Nueva Zelanda y en la Patagonia a través de las redes sociales, Facebook, etc. Y no solo manifestaciones de opositores políticos, sino cualquier tipo de protesta de descontento popular cotidiano, práctico, sean colectivas o individuales.

O sea, al castrismo se le acabó el secretismo y la burda manipulación de la realidad que ejercía cuando disponía del monopolio total de los medios. Todo esto va alimentando la percepción de los ciudadanos de que pueden, y deben, exigir sus derechos y no quedarse de brazos cruzados ante el empeoramiento de su ya muy precario nivel de vida.

Casi a diario hay muestras del éxito de la gente cuando protesta con firmeza masivamente. El 18 de julio pasado en la comunidad habanera de Las Lajas, Arroyo Naranjo, tuvo lugar una protesta masiva porque el Estado no escuchó durante dos largos meses el reclamo de que no tenían agua. Incluso en la Oficina de Recursos Hidráulicos una funcionaria llamada Doris no solo no les hizo caso, sino que los maltrató.

La protesta involucró a hombres, mujeres y niños, que desde horas muy tempranas comenzaron a movilizarse. Levantaron barricadas con tanques y árboles, y cerraron la principal vía de acceso a esta localidad. Por más de seis horas el tráfico de vehículos y de personas estuvo detenido, mientras los manifestantes gritaban una y otra vez «¡queremos agua!».

Una hora después de iniciada la protesta popular comenzaron a llegar patrullas de la policía, que no se atrevieron a arrestar a nadie, y también funcionarios del gobierno municipal y provincial,  incluyendo un especialista de Recursos Hidráulicos que se identificó como Paneque,  para «conversar» con los manifestantes.

Conclusión: ahora todas las familias de Las Lajas ya tienen agua. Y se reanudaron unas  obras con vistas a mejorar el abasto de agua a esa zona. Es decir, la protesta funcionó:   «Actualmente el gobierno está cumpliendo con el cronograma para llenarnos las cisternas, y están poniendo las conductoras de agua que quedaban pendientes», afirmó Yanelis Cisneros, una de las vecinas que protestó.

Pero lo más significativo fue lo que Adenis Enamorado, residente en esa comunidad y uno de los manifestantes,  le dijo varios días después al periodista independiente Daniel González: “Ya, ya tenemos agua, pero yo no confío en las promesas del gobierno, así que si incumplen volvemos a movilizarnos en las calles».

Hay muchos otros ejemplos del éxito que van teniendo las protestas en Cuba. Hace poco en Santiago de Cuba el régimen tuvo que dejar sin efecto las injustas medidas impuestas a los transportistas privados que reducían drásticamente sus ingresos,  luego de que éstos se fueron a una huelga silenciosa que provocó un caos en la transportación de pasajeros en esa ciudad, la segunda más populosa del país.

Como la crisis socioeconómica necesariamente va a agravarse, sin que pueda aparecer al final del túnel un “paganini” que la resuelva, o alivie, es lógico que a partir de ahora haya más y más protestas en la devastada nación cubana. Ese puede ser el motor que fuerce los cambios que tan desesperadamente se necesitan.